Regulaciones vs. Prosperidad económica

Jaime Raúl Molina
Publicado en El Panamá América, 19 de abril de 2004.Tradicionalmente se piensa que es función del Estado regular las actividades de los particulares, para proteger a los consumidores y maximizar el bienestar social de las actividades económicas. Corresponde esto a una corriente que considera que los particulares, dejados a su libre determinación económica, cometerán errores que en algunas ocasiones les perjudicarán a ellos mismos, y en otras ocasiones perjudicarán a terceras personas.

Y supuestamente para corregir tales errores o fallas, el Estado debe intervenir activamente, entre otras formas, regulando fuertemente las actividades particulares con el objetivo manifiesto de proteger a las partes más débiles de la transacción económica correspondiente.

Es indudable que en los mercados no hay tal cosa como conocimiento perfecto, en el sentido de que nunca puede esperarse de modo realista que todos los participantes en el mercado conozcan, en todo momento, todos los detalles relevantes a precios, calidad, condiciones, y demás particularidades de cada uno de los productos, servicios, oferentes y demandantes de bienes y servicios en el mercado. Pero, ¿realmente el mercado necesita del conocimiento perfecto para funcionar? Por otro lado, hay que hacerse también la pregunta: ¿es capaz el Estado de mejorar esta situación, aumentando la cantidad y la calidad del conocimiento disponible a los participantes en el mercado?

En primer lugar, es claro que el conocimiento perfecto no existe en ningún mercado. No obstante, tampoco existe en el Estado. Los funcionarios encargados de representar al Estado en cualquiera de sus funciones son seres humanos con conocimiento imperfecto.

En segundo lugar, aunque es cierto que al menos en principio el Estado pudiera, a través de intervenciones en el mercado, recopilar información y ponerla a disposición de los participantes, debemos preguntarnos si realmente la información así provista por el Estado representa una mejoría en las condiciones del mercado. Cuando el Estado recopila y difunde información por la que los particulares no están dispuestos a pagar voluntariamente, necesariamente el Estado está desperdiciando recursos valiosos. En efecto, el solo hecho de que los particulares no estén dispuestos a pagar por la información en cuestión es evidencia irrefutable de que no la valoran lo suficiente como para pagar por ella el costo que representa adquirirla.

Por lo anterior, el hecho que los individuos que actúan en los mercados no cuenten con conocimiento perfecto de todas las circunstancias que pueden afectar su actuación, no justifica la intervención del Estado.

Pero las regulaciones tienen otros efectos negativos. Una de las principales características de la regulación estatal de las actividades económicas, es que establece requisitos previos para que una persona pueda ejercer la actividad en cuestión. Tales requisitos previos se exigen con la idea de mejorar la calidad del servicio provisto a los consumidores, pero el problema radica en que con tal medida se está impidiendo el desarrollo del proceso de libre mercado que por sí solo debe determinar los estándares de calidad que los consumidores desan adquirir, versus el precio que tienen que pagar por dicha calidad.

Si el Estado exigiera que todos los automóviles fuesen de excelente calidad como los Mercedez Benz, es obvio que la enorme mayoría de la población que hoy tiene carros, se vería privada de la noche a la mañana, de la posibilidad de seguir teniendo un vehículo, ya que no podrían pagar esa calidad. ¿Por qué imponer a los demás el nivel de calidad que deben exigir cuando compran bienes y servicios en el mercado?
En realidad el efecto más pernicioso es que con tales requisitos exigidos por las regulaciones, se eleva sustancialmente el costo de entrada para nuevos participantes en las actividades reguladas. Mientras más requisitos se exigen, más difícil es que entren nuevas empresas a competir con las ya existentes. Por esto se dice que las regulaciones se constituyen en barreras de entrada a nuevos participantes en el mercado. Para citar un ejemplo, está el caso de la regulación reciente del mercado de hidrocarburos en Panamá, en que se han exigido requisitos ridículos que lo único que han logrado es evitar, por lo pronto, que entren nuevas empresas a competir y beneficien con ello al consumidor con mejores precios y calidad en el servicio.

Los funcionarios no son sabelotodos. Son personas de carne y hueso sujetas a error, igual que el resto de los mortales. No tienen por qué imponer a los particulares sus propios estándares de lo que creen que debe ser la calidad exigida por los demás. Los mejores bienes y servicios, si uno se fija bien, están precisamente en las actividades que no están reguladas. Las actividades de las que más nos quejamos son precisamente aquellas que están más reguladas. No es coincidencia. La razón está en los factores descritos arriba.

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