Los mitos dietéticos políticamente correctos

Todo el mundo sabe que el colesterol nos tapa las arterias; que mientras menos grasa animal coma uno, más larga vida y con mejor salud tendrá, y que el consumo de sal produce hipertensión arterial. ¿Verdad? Afortunadamente los expertos nos han venido aconsejando desde hace décadas sobre esto, y gracias a ello hemos podido comer mejor.Pues qué le parece si le digo que todos esos consejos de reducir el consumo de sal y de grasa animal; de reemplazar el uso de aceites y grasas animales con aceites vegetales, así como reemplazar la mantequilla con margarina; ingerir leche descremada en lugar de la leche entera; y de tomar medicamentos para reducir el colesterol en nuestra sangre. Todos esos consejos, decía, resulta que en lugar de garantizarnos una vida más saludable y larga, nos están enfermando y matando.

Han sido publicados varios estudios recientes, algunos de ellos concluyendo que la sal no aumenta la presión arterial, otros que el consumo de grasas saturadas de origen animal no aumentan el riesgo de sufrir cardiopatía coronaria ni ataques cardíacos. Han sido la gran noticia las últimas semanas. Pero aunque la prensa los ha presentado como algo completamente nuevo e insospechado, la verdad es que desde hace décadas existen estudios que señalan estas mismas cosas, y hay médicos y otros científicos que se han dedicado a cuestionar la validez científica de la hipótesis lipídica (la que dice que el colesterol en la sangre es el responsable de las oclusiones arteriales que causan infartos cardíacos y derrames) y la de que la sal produce hipertensión arterial, entre otras que forman parte del dogma oficial de todas las autoridades sanitarias y las campañas de alimentación saludable.

Sentido común

Nuestros antepasados homínidos comían principalmente carne y grasa animal. Los vegetales, leguminosas, cereales y otros alimentos que encontramos en nuestra dieta cotidiana, sólo fueron incorporados por el Hombre a su ingesta, en las proporciones en que hoy nos recomiendan que los comamos, en tiempo muy reciente. La mayor parte de tales alimentos son parte de la dieta común de los seres humanos sólo desde los tiempos en que el Hombre dominó la agricultura, algo que sabemos ocurrió aproximadamente hace 10,000 años. En términos evolutivos, eso es anoche.

Si nuestro cuerpo ha evolucionado por millones de años con base en una alimentación mayoritariamente de productos cárnicos y grasos de origen animal, ¿cómo es que nuestro cuerpo supuestamente no está adaptado a dicha dieta? Si nuestros ancestros comieron eso por millones de años, seguramente no puede ser que ese tipo de alimentación sea nociva para nuestra salud.

Cualquier persona que ha intentado hacer una dieta baja en grasa puede atestiguar lo extremadamente difícil que es mantener dicho régimen por períodos considerables de tiempo. La fuerza de voluntad requerida es sencillamente demasiada. ¿Por qué? Principalmente, porque las frutas, los carbohidratos, los cereales y los vegetales, no producen la sensación de saciedad que sí experimentamos cuando ingerimos grasa animal. Un plato de cereal con trozos de fruta puede engañar al estómago por un rato, pero a la hora volvemos a experimentar hambre. Eso no ocurre cuando ingerimos grasa animal (en las carnes, huevos, y demás), pues la grasa produce inmediatamente esa sensación de saciedad que nos hace parar de comer.

La saciedad es precisamente la señal del cerebro que nos indica “ya es suficiente.” No es de sorprender entonces que quienes se privan voluntariamente de una ingesta adecuada de grasa animal, experimenten hambre cuasipermanente y nunca estén verdaderamente satisfechos, por más que continúen masticando cual vacas.

Pero los lineamientos dietéticos políticamente correctos nos dicen que debemos ceder ante la tentación de comernos un filete, tener mucha fuerza de voluntad y disciplina, para poder lograr una buena salud. Pero seguramente la Naturaleza no pudo habernos provisto tan mal. Si realmente estamos diseñados para alimentarnos de vegetales, cereales y frutas mayoritariamente, ¿por qué resulta tan extremadamente difícil matener un régimen así? Si tales son los alimentos que más convienen al Hombre, ¿cómo es que cuesta tanto convencer a cualquier niño en el mundo de que se coma sus vegetales, en tanto que no tenemos que hacer lo mismo respecto de las carnes?

¿Y la sal?

Sobre la sal, que no es más que cloruro de sodio (NaCl), un mineral sumamente necesario para una serie de funciones biológicas en nuestro cuerpo y nuestras actividades cognitivas, también nos dicen que es nociva para la salud, y que debemos limitar al mínimo posible su ingesta.

Toda sociedad que ha existido sobre el planeta ha buscado la sal. En los libros de texto de economía básica se nos dice que la sal históricamente ha funcionado como moneda en muchas sociedades primitivas o pobres, especialmente para el comercio con otras tribus. Obviamente es un mineral que el Hombre busca con mucho ánimo para su consumo. Y es que nuestro cuerpo nos pide sal. ¿Otra equivocación garrafal de nuestro cuerpo y de la Naturaleza?

Lea Los Mitos del Colesterol

Y si quiere informarse más sobre el mito del colesterol (y por qué éste es tan necesario para nuestro cuerpo que el mismo lo fabrica aún cuando no se lo damos directamente en la dieta), recomiendo los siguientes vínculos:

The Weston A Price Foundation
Second Opinions (sitio de Barry Groves)

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4 Comments on “Los mitos dietéticos políticamente correctos”

  1. Anonymous Says:

    Me gustaron tus coments en este articulo. Te puedo decir que mis antepasados cultivaban papas, porque entre un filete y una papa en cualquier estilo, me como la papa!


  2. Veo varias semejanzas entre los mitos dietéticos y los ecológicos:
    1)Asustar a la gente.
    2)Falta de base científica .
    3)Ansia de dominio de parte de los
    promotores.
    4)Cambio de opiniones pero sin
    reconocer errores anteriores.
    5)Falta de humildad para reconocer
    que sabemos mucho menos de lo que
    creemos saber.


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